viernes 21 de agosto de 2009

El Más Hermoso Territorio de Francisco Brines

El ciego deseoso recorre con los dedos
las líneas venturosas que hacen feliz su tacto,
y nada le apresura. El roce se hace lento
en el vigor curvado de unos muslos
que encuentran su unidad en un breve sotillo perfumado.
Allí en la luz oscura de los mirtos
se enreda, palpitante, el ala de un gorrión,
el feliz cuerpo vivo.
O intimidad de un tallo, y una rosa, en el seto,
en el posar cansado de un ocaso apagado.

Del estrecho lugar de la cintura,
reino de siesta y sueño,
o reducido prado
de labios delicados y de dedos ardientes,
por igual, separadas, se desperezan líneas
que ahondan. muy gentiles, el vigor mas dichoso de la edad,
y un pecho dejan alto, simétrico y oscuro.
Son dos sombras rosadas esas tetillas breves
en vasto campo liso,
aguas para beber, o estremecerlas.
y un canalillo cruza, para la sed amiga de la lengua,
este dormido campo, y llega a un breve pozo,
que es infantil sonrisa,
breve dedal del aire.

En esa rectitud de unos hombros potentes y sensibles
se yergue el cuello altivo que serena,
o el recogido cuello que ablanda las caricias,
el tronco del que brota un vivo fuego negro,
la cabeza: y en aire, y perfumada,
una enredada zarza de jazmines sonríe,
y el mundo se hace noche porque habitan aquélla
astros crecidos y anchos, felices y benéficos.
Y brillan, y nos miran, y queremos morir
ebrios de adolescencia.
Hay una brisa negra que aroma los cabellos.

He bajado esta espalda,
que es el más descansado de todos los descensos,
y siendo larga y dura, es de ligera marcha,
pues nos lleva al lugar de las delicias.
En la más suave y fresca de las sedas
se recrea la mano,
este espacio indecible, que se alza tan diáfano,
la hermosa calumniada, el sitio envilecido
por el soez lenguaje.
Inacabable lecho en donde reparamos
la sed de la belleza de la forma,
que es sólo sed de un dios que nos sosiegue.
Rozo con mis mejillas la misma piel del aire,
la dureza del agua, que es frescura,
la solidez del mundo que me tienta.

Y, muy secretas, las laderas llevan
al lugar encendido de la dicha.
Allí el profundo goce que repara el vivir,
la maga realidad que vence al sueño,
experiencia tan ebria
que un sabio dios la condena al olvido.
Conocemos entonces que sólo tiene muerte
la quemada hermosura de la vida.

Y porque estás ausente, eres hoy el deseo
de la tierra que falta al desterrado,
de la vida que el olvidado pierde,
y sólo por engaño la vida está en mi cuerpo,
pues yo sé que mi vida la sepulté en el tuyo.

“El otoño de las rosas” 1990

jueves 20 de agosto de 2009

Definición* / Enrique González Rojo

Poeta es para mí
no el que, por una vez solo,
escribe un poema
y se sube a cualquier peñasco
para aullarlo a la luna,
o el que hace un tatuaje de jeroglíficos
en la espalda de su amante,
o el que pergeña el material necesario
en el pergamino de la inspiración
para ofrecer un recital de intimidades
en cualquier micrófono
circundado de sillas y de aplausos.
No. Poeta es el que no puede dejar de escribir,
de decirse, de cantarse,
de deshacerse en canto apalabrado,
el que, en su fiebre de fantasías,
no da tregua a su lápiz,
el que siente uncida,
por no sé qué extraños vínculos,
la lengua y sus objetos portentosos
con el afán redundante
de su respiración,
y el que un día sí y otro también,
convierte en voz en cuello
el nudo en la garganta.


*Tomado de Casa adentro, 2008

sábado 1 de agosto de 2009

Los muertos / Jorge Fernández Granados

será que guardan la medida de otro mundo

suspendido

entre dos instantes de esto

que aquí llamamos tiempo

o lo vivido un súbito

recuerdo esta certeza

de que nunca estamos solos



yo no soy un hombre soy una legión de muertos



y algo cae

y pertenece

a su reino

al evocarlos



será



que guardan otra acumulada edad

de la tierra que descansa

en lo que estuvo en la tierra

si es que fuera

tierra todo lo visible y lo

que no



será



que habitan lo invisible

pero pesan

desde ahí

y nos inventan

yo no sé

sólo digo que están muertos sólo digo

que los pienso

en este aquí

provisional presente como decir aparición

de lo que fueron o somos o seremos digo fe

en lo aparecido y lo desaparecido y lo inaparecido

(aún)

digo visitantes ausencias en las ruinas

del amor



y el espanto

que nos falta (todavía)

para deletrear la tierra



será



que no sospechan

que su mundo es este mismo el único y que (aún)

discutimos su existencia

porque piensan despacio muy despacio

como muertos tanto

que uno solo de sus pensamientos

puede tomar siglos

en nosotros igual para nacer

que el cristal bajo la roca o ser veloces deslumbrantes

como el reloj del sol

en el lomo de los peces (oro) un golpe

que rebasa el pensamiento en un destello



esto no es un pensamiento es un temblor



todos mis muertos

que tanto he contado y conocido

ellos tan antes y son muertos son todos desde el tiempo

donde arañé la cita

de una historia esta historia de una sombra son testigos

y acaso

testamento



será



que están ya conmigo todos viviendo mis muertos

jueves 9 de julio de 2009

Cajita de música / Gema Santamaría

te voy a pedir que te vayas de mí.
que me dejes empezar a llorarte desde otras esquinas.
ya no desde la casa que tiembla, se deshace y se derrama.
sino desde la calle, desde un poder ver mi dolor en otras puertas;

necesito sentir cómo chillan también las marionetas,
lo mismo que los perros y los niños.

necesito ver, al fin, que mi tristeza
no es tan grande ni tan digna
que no quiebra otros párpados al ser relatada
que no da tanto frío el sentirla desplomarse
que es engañosa como una cebolla dulce y agujerada
que si se corta, llora
y si no, nunca se desangra.

déjame partir y llevarme lo que es mío de esa casa:
no los libros ni los cafés quemándose en las tardes.
sí mi risa (la nuestra)
sí nuestro deseo abriendo nuevas piernas,
nuevos glúteos entre las sábanas,
sí la intuición de que me besas
de que presientes mi olor acurrucándote en tu vientre.

pero sobre todo, déjame llevarme a la que fui, ahí,
habitando en el refugio matinal de nuestro cuarto,
la que soñaba con sólo cerrar la severa luz que hay en el ojo,
con la serenidad de quien (sabe) ha visto y probado la belleza.

lo que quede, es tuyo.
yo me llevo eso en una caja,
a la cual le bordaré tu nombre para que nunca salgas,
sobre la cual me pondré a flotar como una vela anaranjada.

le daré cuerda, tanta cuerda,
para que se calle,
para que se muera
tu breve infierno musical.

* Poema tomado del libro Transversa, de Gema Santamaría, editado por limón partido, México 2009

lunes 27 de abril de 2009

Exilio/ Alejandra Pizarnik

Exilio

A Raúl Gustavo Aguirre

Esta manía de saberme ángel,
sin edad,
sin muerte en qué vivirme,
sin piedad por mi nombre
ni por mis huesos que lloran vagando.

¿Y quién no tiene un amor?
¿Y quién no goza entre amapolas?
¿Y quién no posee un fuego, una muerte,
un miedo, algo horrible,
aunque fuere con plumas,
aunque fuere con sonrisas?

Siniestro delirio amar a una sombra.
La sombra no muere.
Y mi amor
sólo abraza a lo que fluye
como lava del infierno:
una logia callada,
fantasmas en dulce erección,
sacerdotes de espuma,
y sobre todo ángeles,
ángeles bellos como cuchillos
que se elevan en la noche
y devastan la esperanza.

martes 21 de abril de 2009

Épica de José Carlos Becerra

Me duele esta ciudad,
me duele esta ciudad cuyo progreso se me viene encima
como un muerto invencible,
como las espaldas de la eternidad dormida sobre cada una de mis preguntas.
Me duelen todos ustedes que tienen por hombro izquierdo una lágrima,
ese llanto es una aventura fatigada,
una mala razón para exhibir las mejillas.

En estas palabras hay un poco de polvo egipcio,
hay unas cuantas vendas, hay un olor de pirámides adormecidas en el algodón del pasado,
y hay también esa nostalgia que nos invade en ciertas tardes,
cuando la lluvia se enreda en nuestro corazón como los cabellos húmedos y largos
de una mujer desconocida.

Estuve atento a la edificación de los templos, al trazo de las grandes avenidas,
a la proclamación de los hospitales, a la frase secreta de los enfermos,
vi morir los antiguos guerreros,
sentí cómo ardían los ángeles por el olor a vuelo quemado.

Me duele, pues, esta convocatoria inofensiva, esta novia de blanco,
esta mirada que cruzo con mi madre muerta,
esta espina que corre por la voz, estas ganas de reír y llorar a mansalva,
y el trabajo de ustedes, los constructores de la nueva ciudad,
los sacerdotes de las nuevas costumbres, los muertos del futuro.

Me duele la pulcritud inútil, la voluntad académica,
la cortesía de los ciegos,
la caricia torva como una virgen insatisfecha.

Mirad las excavaciones de la noche,
escuchen a Lázaro conversando con sus sepultureros,
mostrándoles su anillo de compromiso con la Divinidad.
Vean a Lázaro en el restaurant y en el tranvía,
en el ataúd y en el puente, en el animal y en su plato de carne.

Sí, me duele este atardecer,
esta boca de sol y de verano.

Noche Y Nieve de José Emilio Pacheco

Me asomé a la ventana y en lugar de jardín hallé la noche
enteramente constelada de nieve

La nieve hace tangible el silencio y es el desplome de la
luz y se apaga

La nieve no quiere decir nada: Es sólo una pregunta que
deja caer millones de signos de interrogación sobre el
mundo