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Tiempo Caducado

Qué horrible es llegar tarde.
A todo sitio, tarde.
No sé si estoy despierta
o si he perdido el alma entre el granizo mudo
bajo el que duermen, apretados, mis muertos.
No sé. Pero tal vez estoy aquí, abocada,
mirando cómo el dolor se tuerce
en el fondo del pozo que es este cuerpo roto, mío,
del que vengo tirando.
El toro de mi sangre muge
y un golpe de martillo me salta la cabeza.
Estoy ciega, ciega, ciega.
Sí:
ya sé que hay una calle para el amor,
un rincón para la ternura en donde está la luz creciendo.

Desde niña he oído este pregón
y he ido tacteando, husmeando,
lamiendo cada loza hasta sangrar la lengua,
hiriéndome en los muros.
Pero, ¡mentira!
No hay calle. No hay rincón. No hay salida.
Desde el pretil del pecho,
desde la punta de la palabra que persiste en salir
o estallarme dentro,
agito los brazos encrespados.
Mi boca es un amargo bramido,
y aquí estoy.
No sé si estoy despierta.
Pero me duelen estos dos ojos de cristal vacío,
estos dos ojos de luna fría
que nunca encontraron el camino donde la luz crece,
donde al amor camina.

OCHOA, Enriqueta, Tiempo Caducado en Bajo el oro pequeño de los trigos.

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