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Yo también esperé / Silvia Tomasa Rivera

Yo también esperé
antes de descender las rampas de la noche
Desde el insomnio, ese oscuro y húmedo pasillo
donde uno solo detiene las paredes,
imaginé provincias empolvadas
con niños gritando a media calle
y muchachas oliendo a popelina.
Yo también esperé largas noches
con el sol en la entraña,
hasta que cayeron las palabras
como gotas de limón sobre la herida

Más ahora nada es olvido.
Un hombre sin mujer es lo mismo
que una mujer sin hombre,
el desperdicio de los sentidos
una tristeza larga
y la embestida de un tiempo que no descansa
hasta dejarnos como un girasol
a las 6 de la tarde.

No hay que resignarse,
digo que no hay que resignarse,
es una broma de Dios este maltiempo.

¿Dónde están los hombres que he amado?
¿En qué caminos buscan lo que he perdido?
A esta hora la fiebre me trae noticias vagas
alguien descansa en una isla
y no hay lugar en su costa para arrastrar mi sombra.

En esta cama, enferma, irracional,
llena de saliva de madrugada amarga,
deliro, prendo fuego a su nombre
y me lleno la cara con carbón del incendio.

Un día uno se va y no vuelve,
gimotea hasta quebrarse en el espejo oscuro.
Un día uno le da en la madre a la luna
y a esas cosas, se da cuenta que ha perdido,
que siempre anduvo perdido, y que el amor
en estos tiempos es un estado de ánimo,
un afluente, una estrella que cae y se pierde
en el ojo morboso de la noche.

Esperar es lo mismo que hacerse pendejo,
lo mismo que escuchar los perros de media noche
cuando aullan en las azoteas
y sus orines se filtran, y humedecen los techos.
Nadie vendrá a poner cascabeles en la espuma.
Pero esperar es la pasión del ciego
del que quiere ser sordo.
¿Quién carajos no espera?

Fragmento de Apuntes de Abril en Vuelo de Sombras, Cal y Arena, 1994

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